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Mundo  |  5, Agosto 2013

¿Revolución en la Iglesia Católica?




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Si hay algo que ganó el catolicismo con el actual papado de Francisco I es su poder de convocaría, hecho que se evidenció con su reciente visita a Brasil; pero todavía muchos se preguntan si también significa un cambio en el discurso de la Iglesia.

Sigue dando de qué hablar la actitud del Papa Francisco con los feligreses: abraza a los niños que salen a su paso; genera monumentales embotellamientos en las vías durante sus recorridos, como el del primer día de su llegada a territorio brasileño; se muestra  sonriente en todo momento; hace chistes que se celebran a carcajadas y parece decir siempre lo que la gente quiere oír. Una personalidad carismática, sin lugar a dudas, que le ha hecho un inmenso favor a una iglesia muy distante de sus fieles en los últimos años. Quizá Juan Pablo II haya sido, recientemente, ese líder que  llevó la voz cantante de una institución de la fe cada vez más desprestigiada. A casi nadie le importaba que, en el fondo, el Papa de origen polaco tuviera un pensamiento más bien conservador en cuanto a temas sensibles de la sociedad. Y muy al contrario de quienes abogaban por una iglesia que luchara por combatir la pobreza, la desigualdad y estuviera al lado de los más oprimidos, mantuvo  una postura moralista y alejada de la realidad. Por eso, la llegada de un latinoamericano al solio de San Pedro (en reemplazo del alemán Joseph  Ratzinger- Benedicto XVI- quien renunció al trono ese año) fue recibida con esperanza y muchísima alegría. Y hasta ahora Jorge Bergoglio (Cardenal argentino elegido por el cónclave del Vaticano y quien adoptó el nombre de Francisco) no ha sido inferior a las expectativas que despertó su elección.

En Brasil, Francisco I llamó una y otra vez a los sacerdotes a que salieran a las calles y predicaran el Evangelio. Lo mismo le pidió a una juventud que, emocionada, no se cansó de aplaudirlo, especialmente el domingo en las playas de Copacabana donde se congregaron tres millones y medio de católicos de todo el mundo. Volvió a hablar de la alegría, un sello que debe caracterizar a los seguidores de Cristo. E insistió en la urgencia de combatir la pobreza, la corrupción y las malas prácticas políticas. Lo anterior en un ambiente festivo y de peregrinación que reafirmó la fe de muchos católicos.

Hasta ahí, sin embargo, las palabras de Francisco se centraron en esos lugares comunes que cualquier predicador acostumbra a decir en sus celebraciones; porque cuando se refirió a temas realmente polémicos y que, según algunos, van en contra de la doctrina misma, el actual papa se centró en el discurso tradicional de la Iglesia. Por ejemplo, expresó un no rotundo a la despenalización y legalización de las drogas, mientras visitaba una clínica que rehabilita a jóvenes drogadictos. El lunes pasado, a bordo del avión que lo regresaría a Roma, sostuvo que no había posibilidad de permitir el sacerdocio a las mujeres. Esto como respuesta a una pregunta hecha por un periodista durante el vuelo. Eso sí, reconoció el papel fundamental de la mujer en la sociedad, no obstante recalcar que este no puede sobrepasar lo que se afirma (o se interpreta) en la Biblia. Y en cuanto al aborto y al matrimonio entre personas del mismo sexo, el papa calló porque, acorde con su investidura, sostuvo que la Iglesia ya había expresado su posición sobre esos asuntos. Aunque, acto seguido, al referirse a los homosexuales manifestó: "Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo?... el Catecismo de la Iglesia Católica lo explica de forma muy bella: dice que no se debe marginar a estas personas por eso. Hay que integrarlas en la sociedad. El problema no es tener esta tendencia. Debemos ser hermanos".

 La conclusión no puede ser más desalentadora: tal vez no estemos en presencia de la tan anhelada revolución ideológica de la Iglesia. Las frases de Francisco parecen corroborarlo, así despierten admiración en una comunidad necesitada de referentes celestiales ante la desazón que produce un mundo terrenal a la deriva. Ni siquiera el esplendor del encuentro con la juventud alcanza para esperar que las cosas sean de otra manera.



Por Carlos Eduardo Rojas Arciniegas (Bogota - Colombia)




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