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Mundo  |  20, Mayo 2013

La tragedia de ser periodista




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En los últimos días se multiplicaron las amenazas contra periodistas en Colombia. La coyuntura del proceso de paz con las FARC en La Habana, investigaciones sobre corrupción par parte de algunos medios y la influencia que ejercen sectores delincuenciales en instituciones del estado y la sociedad son algunos de los factores que desataron la persecución.


No se trata del intento de controlar a los medios por parte del estado; es decir, de restringir la libertad de expresión al controlar  o revisar los  contenidos que se van a publicar. En el caso de Colombia el problema es muchísimo más grave, pues está en juego la vida misma de los periodistas. El fenómeno no es nuevo. Basta recordar la época de los ochenta de Pablo Escobar y su lucha contra el estado y la sociedad. Por esos años varios periodistas cayeron en aquella violencia ciega y sin sentido. Diana Turbay, Jorge enrique Pulido, Guillermo Cano, entre otros, son algunos ejemplos de colombianos valientes que se enfrentaron al poder del narcotráfico, utilizando la palabra como única arma de defensa. Luego, en los años noventa y en pleno auge del paramilitarismo, el país fue testigo de la muerte  en 1999 del  humorista y periodista Jaime Garzón, a manos de sicarios al servicio del principal jefe paramilitar Carlos Castaño.  Más adelante, en el 2002, el turno fue para el subdirector del periódico La Patria de Manizales, Orlando Sierra, quien moriría luego de un atentado a la salida del periódico. Los autores intelectuales de ese asesinato pertenecen a una clase política en el departamento de caldas que basa su poder  en la corrupción, la compra de votos y la intimidación; hechos que, precisamente,  denunció desde sus editoriales Orlando Sierra.  Y, para completar el triste panorama, se conocieron denuncias esta semana sobre amenazas al periodista Gonzalo Guillén y los analistas León Valencia y Ariel Ávila. Eso sin contar el atentado que sufrió hace poco Ricardo Calderón de la Revista Semana y del que, por fortuna, salió ileso.

El común denominador de las amenazas coincide con las investigaciones que los periodistas llevan sobre casos de corrupción. Así le sucedió a Ricardo Calderón, luego de contarle a la opinión pública las  irregularidades que se cometen en la base militar de Tolemaida, donde pagan su pena militares que ya han sido condenados. Calderón descubrió que varios uniformados detenidos allí salían de la prisión cuantas veces querían sin ninguna clase de control. Estamos hablando de reclusos que cometieron asesinatos y torturas.  De otro lado, Gonzalo Guillén y León Valencia denunciaron los delitos de narcotráfico y contrabando de gasolina desde Venezuela,  cometidos por algunos políticos de la Costa y, especialmente, por  el actual gobernador del departamento de la Guajira Francisco Gómez.  La gravedad de esas acusaciones  muestra del grado de descomposición al que han llegado las instituciones del Estado.  En algunas regiones del país la única autoridad está contaminada por la delincuencia que determina lo que se puede hacer o no.

La censura, en esta oportunidad, no es oficial. No la ejerce el aparato represivo del estado, aunque también vulnera la libertad de expresión. Algunos países de Latinoamérica son criticados por la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa) o por la organización Periodistas sin Fronteras que los acusan de intentar filtrar las informaciones negativas y dejar pasar solo las buenas cuando le conviene a los intereses de sus gobiernos.  En ese orden de ideas,  siempre se ha alertado sobre  la falta de opciones para informarse en Cuba y ahora en Venezuela o Ecuador. Lo mismo sucedió recientemente en Argentina, sobre todo desde que la Presidenta Cristina Fernández impulsó la ley de medios que acabó con las disposiciones que venían de la dictadura y favorecían a unos pocos. El grupo Clarín (monopolio privado de las comunicaciones argentinas) se vio afectado y empezó a cuestionar  la libertad de expresión en dicho país.

Lo cierto es que en Colombia la prensa tiene enemigos en la oscuridad, violentos y poderosos, que actúan sin contemplaciones al sentirse descubiertos o  atacados. Además cuentan con tentáculos que alcanzan, inclusive, instituciones del estado y la sociedad, lo que los convierte en intocables y los protege con un tenebroso manto de impunidad.

 

Por 

Carlos Eduardo Rojas Arciniegas - Bogotá, Colombia

 

 

 




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