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Mundo  |  29, Junio 2013

El balón se desinfló en Brasil




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La Copa Confederaciones, antesala del Mundial de Fútbol que se jugará el año entrante, ha sido opacada por las protestas masivas en Brasil a las que, día a día, se suman nuevos inconformes. Parece que nadie puede detener al “Gigante que despertó”, frase que se convirtió en consigna de los enfurecidos manifestantes.

Mientras la Presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, enfrentaba el descontento popular, Joseph Blatter (máximo dirigente de la FIFA) declaraba, al ser testigo de las fuertes protestas en plena Copa Confederaciones, lo siguiente: "Brasil pidió organizar el Mundial. No le impusimos el Mundial a Brasil. Ellos sabían que para organizar un buen Mundial tendrían que construir estadios". Y es que, precisamente, una de las razones de la ira de los brasileños es el alto costo que se ha tenido que pagar en infraestructura para organizar el próximo Mundial.  

Durante la presidencia de Lula Da Silva, el país más industrializado de Latinoamérica vivió una época de desarrollo que logró reducir la desigualdad. La economía se fortaleció y, gracias a su crecimiento, hubo fuertes inversiones en investigación, salud y educación. Brasil se convirtió en indiscutible líder del área.  Difícilmente vuelvan a coincidir en nuestro continente personajes  de la talla de Néstor Kirchner  en Argentina, Hugo Chávez en Venezuela y, por supuesto, Lula Da Silva. Todos ellos comprometidos con el proyecto de integración regional.  Fueron años de mirar con esperanza hacia el estigmatizado sur,  víctima desgraciada de una permanente derrota histórica.

 Nadie podía imaginar entonces que, de un momento a otro, se produjera una explosión social en el país "mais grande do mundo"; el que baila al son de la samba o la bossa nova; allí  donde todo es color, fiesta , algarabía y en  el que  se celebran hasta las nostalgias al calor de una buena copa de caipiriña. Porque desde la época de Fernando Collor de Melo, quien fuera destituido de la presidencia de Brasil en 1992 por corrupción, no se presentaba un movimiento de indignación de tales magnitudes en la llamada "Nación Carioca". Y muchísimo menos con ocasión de un Campeonato Mundial de Fútbol. Pero los tiempos han cambiado, como lo demuestran las consignas  en las intensas jornadas de protesta: "Un profesor vale más que Neymar"; "de la copa yo paso por más educación"; "ven para la calle".

El detonante de las manifestaciones fue el alza en el transporte público. A partir de ahí la gente se tomó las calles de las principales ciudades. No bastó que la presidenta Dilma Rousseff echara para atrás el decreto que ordenaba le reajuste de las tarifas, ni su promesa de invertir gran parte de las regalías del petróleo en salud y educación, tampoco su anuncio más reciente de llamar al pueblo a una Asamblea Nacional para reformar la Constitución. Nada parece aplacar el ímpetu de los brasileños. A través de las redes sociales se convocó a una nueva manifestación en la ciudad Belo Horizonte, sede de la semifinal entre Brasil y Uruguay el miércoles 26 de junio. Es tal la preocupación que las mismas autoridades han solicitado la suspensión del partido al no poder garantizar la seguridad. Se esperan más de cien mil personas en la protesta.

¿Y Joseph Blatter? Después del abucheo que recibió en la inauguración de la Copa Confederaciones prefirió irse, antes que ser objeto de otra muestra de  la creciente impopularidad  ganada por la  FIFA en el mundo  debido a la  "dictadura"  e indolencia con la que maneja este deporte. Se fue por la puerta de atrás, prácticamente a escondidas y dejó a uno de sus principales afiliados al borde del caos. Eso, al parecer, no le importó. Al fin y al cabo el espectáculo tiene que continuar,  así las ganancias  queden en pocos bolsillos y las inversiones de los países que organizan cualquier evento futbolístico sean multimillonarias, antipáticas, desproporcionadas y desafíen a los millones de seres humanos que  solo aspiran a tener una vida digna.


Por Carlos Eduardo Rojas Arciniegas (Bogotá - Colombia)




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