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Mundo  |  3, Enero 2013

Contradicciones de una lucha




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Mientras México, Colombia y, en general, la mayoría de países latinoamericanos mantienen una lucha sin cuartel en contra las drogas, dos estados norteamericanos, Colorado y Washington, legalizaron el consumo de marihuana con fines recreativos este año. Una decisión difícil de entender, si tenemos en cuenta que Estados Unidos es el principal impulsor de la guerra al narcotráfico.

 

A partir de la década de los ochenta, los presidentes colombianos han tenido que soportar la presión internacional para luchar contra el narcotráfico.  Dicha presión la ejerce, principalmente, Estados Unidos que, según las estadísticas, es el país donde se  consumen más drogas en el mundo.  En los años ochenta surge  Pablo Escobar como el mayor traficante de droga, acompañado de otros socios que, en ese momento, conformaron el temido  "Cartel de Medellín". El negocio del tráfico de estupefacientes se lo disputaban con el llamado "Cartel de Cali", grupo tal vez menos temido, puesto que se creía que los hombres de Cali no eran igual de asesinos que sus rivales.  En aquel entonces, Colombia y Estados Unidos firman el Tratado de Extradición, herramienta jurídica que aterraba a los capos del narcotráfico porque implicaba que, una vez detenidos por las autoridades, debían enviarse  a territorio estadounidense para ser juzgados. Hasta tal punto llegaba el miedo a la extradición que el mismo Cartel de Medellín conformó el grupo de "Los extraditables", bajo una consigna que se convirtió en una sentencia: "Preferimos una tumba en Colombia a una cárcel en los Estados Unidos".

Al tiempo que se desarrollaba la lucha, el consumo seguía imperturbable; podría decirse que  aumentaba año tras año. Ni siquiera la muerte de Pablo Escobar en diciembre de 1993, el desmantelamiento del Cartel de Medellín y la extradición hacia los Estados Unidos de los jefes del Cartel de Cali en 1996,  lograron detener el ímpetu de los nuevos narcotraficantes. Aparecieron pequeños carteles por todas partes;  inclusive los paramilitares y la guerrilla empezaron a beneficiarse del negocio ilícito.

En la actualidad, es México el que vive ese drama. La historia se repite una y otra vez. El dinero de la droga contaminó todos los ámbitos de la sociedad, tal y como sucedió en Colombia. La violencia se multiplicó en el afán de los carteles mexicanos por mantener su dominio al precio que sea.  Y en medio de ese escenario, de  los miles de muertos que ha dejado la lucha contra las drogas, de las recientes opiniones de líderes regionales que proponen otra salida a ese flagelo, dos estados norteamericanos, Washington y Colorado, legalizan el consumo de marihuana con fines recreativos. Es una noticia trascendental, sobre todo porque debería significar un cambio en la estrategia de guerra contra el narcotráfico. Aunque también supone una contradicción. En ese sentido, los países implicados (México y Colombia, entre otros) tendrán que redefinir su papel y pensar seriamente en la posibilidad de seguir los pasos de Estados Unidos. Uruguay, por ejemplo, se encuentra en ese debate. Su presidente, Pepe Mujica, impulsa ante el Congreso uruguayo un proyecto de ley que busca legalizar la marihuana. Hace poco, sin embargo, el propio Mujica le pidió al órgano legislativo de su país congelar el trámite, después de que una encuesta arrojara como resultada que el 64% de los uruguayos se opone a la legalización.

La lucha contra el narcotráfico, basada en el ataque frontal de gobiernos ayudados por Estados Unidos, no ha dado los frutos esperados; por el contrario, algunos aseguran que más bien se convirtió en un obstáculo para el desarrollo social, además de  generar miedo y violencia.  Quienes están de acuerdo con legalizar sostienen que es la única manera de atacar un negocio que tiene en la prohibición, justamente, una de sus mayores fortalezas.

 

Por Carlos Eduardo Rojas Arciniegas (corresponsal en Bogotá)

 




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